Si alguien me diera un puñado de arena indicándome que en ella había partículas de hierro, yo las buscaría con mis ojos, y con mis dedos, más no podría descubrirlas.
Era una pobre mujer, tejedora a mano en aquellos tiempos cuando el obrero tenía que rendir largas horas de trabajo en sus tareas. Debido al gran esfuerzo que tenía que hacer para mantener a sus hijos, pues era viuda, enfermó de gravedad.
Un ministro de Escocia tenía en su congregación una anciana muy pobre que tenía el hábito de decir: “Bendito sea el Señor, Amén”, cuando el predicador decía algo destacado.
Se cuenta que un evangelista “sin letras” predicó un pobre sermón en un granero, en Irlanda. Por tan pobre medió fue convertido un joven llamado Toplady.