En un viaje por el océano, una señora se puso tan enferma por el mareo que el médico le dijo que solamente el comer muchas naranjas podría restablecerla. La señora, en su debilidad dijo: -Doctor no se apure. Mi padre celestial me las enviará. Yo boy a pedírselo ahora.
Hace unos cien años, vivía en Bristol un cristiano mercader, que era famoso por su generosidad con los pobres y sus éxitos en el negocio. La Providencia de Dios parecía sonreírle en todo.