Una mujer atrapada en una espantosa tormenta, en medio del Océano Atlántico, tuvo a todos los niños pequeños entretenidos con historias de la Biblia, evitando así que tuviesen miedo.
Allí estaba, sentado en una banqueta, con los pies descalzos sobre las baldosas rotas de la vereda; gorra marrón, manos arrugadas sosteniendo un viejo bastón de madera; pantalones que arremangados dejaban libres sus pantorrillas y una camisa blanca, gastada, con un chaleco de lana tejido a mano.
Después de predicar en un breve culto fúnebre en un cementerio, el pastor se dirigía hacia la puerta de salida, cuando corriendo le alcanzó una hermosa niña de 11 años, saltando sobre lápidas y pequeñas plantas.
Un niño, como de unos ocho años de edad, estaba sumamente enfermo y tenía una fiebre elevadísima. Le pidió agua a su mamá, y ella le dijo que lo sentía mucho, pero que tenía órdenes del doctor, de no darle agua hasta que no pasara la crisis de la enfermedad.
Se cuenta la historia de una pequeña niña, ciega de nacimiento. Su madre le había contado con frecuencia de las hermosuras del mundo. Un día un especialista realizó una operación muy delicada en sus ojos.
Un anciano ministro del evangelio, al morir, dijo: «Traedme la Biblia.» Poniendo el dedo sobre el versículo: «La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado», dijo: «Muero con la esperanza de este versículo.»