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Ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina
Charles Spurgeon
 

Todo obrero sabe cuán necesario le es conservar su herramienta en buen estado, porque "si los instrumentos se embotasen y no los amolase, tendría que emplear más fuerzas." Si al obrero se le gastara el filo de su azuela, sabe que se vería obligado a redoblar su esfuerzo, so pena de que su obra saldría mal ejecutada.

Ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina.. —1 Ti.4: 16.

Miguel Ángel, el predilecto de las bellas artes, comprendía tan bien el importante papel que desempeñaban los útiles que usaba, que hacia con sus propias manos sus brochas y pinceles, ejemplificándonos de ese modo al Dios de la Gracia que con especial cuidado se adapta a sí a todo ministro verdadero. Es verdad que el Señor puede trabajar sin el auxilio de instrumento alguno, conforme lo verifica a veces valiéndose de predicadores indoctos para la conversión de las almas; y también lo es que puede obrar aun sin agentes, como lo hace cuando salva a los hombres sin ninguna clase de predicadores, aplicando la palabra directamente por medio de su Santo Espíritu; pero no podemos considerar los actos soberanos y absolutos de Dios, como regla para normar los nuestros.

El puede, supuesto lo absoluto de su carácter, obrar como mejor le plazca; pero nosotros debemos hacerlo, según nos lo preceptúansus más claras dispensaciones; y uno de los hechos más palpables es que el Señor generalmente adapta los medios a los fines, en lo cual se nos da la lección de que es natural que trabajemos con tanto mayor éxito, cuanto mejor sea nuestra condición espiritual. En otras palabras: generalmente efectuaremos mejor la obra de nuestro Señor, cuando los dones y gracias que hemos recibido se hallen en buen orden; y lo haremos peor, cuando no lo estén. Esta es una verdad práctica para nuestra guía. Cuando el Señor hace excepciones, éstas no hacen más que probar la exactitud cíe la regla que acabamos de sentar.

Nosotros somos, en cierto sentido, nuestros propios instrumentos, y de consiguiente, debemos conservarnos en buen estado. Si me es menester predicar el Evangelio, no podré hacer uso sino de mi propia voz. y por tanto, debo educar mis órganos vocales. No puedo pensar sino con mi propio cerebro, ni sentir sino con mi propio corazón, y en consecuencia, debo cultivar mis facultades intelectuales y emocionales. No puedo llorar y sentirme desfallecer de ternura por las almas, sino en mi propia naturaleza renovada, y por tanto, debo conservar cuidadosamente la ternura que por ellas abrigaba Cristo Jesús.

En vano me será surtir mi biblioteca, organizar sociedades, o proyectar estos o aquellos planes, si me muestro negligente en el cultivo de mí mismo; porque los libros, las agencias y los sistemas son sólo remotamente los instrumentos de mi santa vocación: mi propio espíritu, mi alma y mi cuerpo son la maquinaria que tengo más a la mano para el servicio sagrado; mis facultades espirituales y mi vida interior son mi hacha de armas y mis arreos guerreros. McCheyne, escribiendo a un ministro amigo suyo que andaba viajando con la mira de perfeccionarse en el alemán, usó un lenguaje idéntico al nuestro: "Sé que te aplicarás con todo empeño al alemán, pero no eches en olvido el cultivo del hombre interior, quiero decir, del corazón.

Cuán diligentemente cuida el oficial de caballería de tener su sable limpio y afilado, frotándole con tal fin cualquiera mancha con el mayor cuidado. Recuerda que eres una espada de Dios, instrumento suyo, confío en ello, y un vaso de elección para llevar su nombre. En gran medida, según la pureza y la perfección del instrumento, será el éxito. No bendice Dios los grandes talentos tanto como la semejanza que se tiene con Jesús. Un ministro
santo es una arma poderosa en la mano de Dios."

Para el heraldo del Evangelio, el estar espiritualmente desarreglado en su propia persona, es tanto para él mismo como para su trabajo, una verdadera calamidad; y con todo, hermanos míos, ¡cuán fácilmente se produce tal mal! ¡Cuánta vigilancia, por lo mismo, se necesita para prevenirlo! Viajando un día por expreso de Perth a Edinburgo, nos vimos repentinamente detenidos, a consecuencia de haberse roto un pequeño tornillo de una de las dos bombas de que virtualmente constan las locomotoras empleadas en los ferrocarriles; y cuando de nuevo nos pusimos en camino, tuvimos que avanzar al impulso de un solo émbolo que funcionaba en lugar de los dos.

Sólo un pequeño tornillo se habla inutilizado, y si ese hubiera estado en su lugar, el tren habría andado sin pararse todo su camino; pero la falta de esa insignificante pieza de hierro desarregló todo lo demás. Se dice que un tren se paró en uno de los ferrocarriles de los Estados Unidos, con motivo de haberse llenado de moscas los depósitos de grasa de las ruedas de los
carros. La analogía es perfecta: un hombre que bajo todos conceptos posea las cualidades necesarias para ser útil, puede por algún pequeño defecto que tenga, sentirse extraordinariamente entorpecido, o reducido a un estado absoluto de incapacidad.

Semejante resultado es de sentirse en extremo, por estar relacionado con el Evangelio que en el sentido más alto, está adaptado a producir los mejores resultados. Es cosa terrible que un bálsamo curativo pierda su eficacia debido a la impericia del que lo aplica. Todos vosotros conocéis los perjudiciales efectos que con frecuencia se producen en el agua que corre por cañerías de plomo; pues de igual modo el Evangelio mismo al correr por hombres espiritualmente dañados, puede perder su mérito hasta el grado de hacerse perjudicial a sus oyentes.

Es de temerse que la doctrina calvinista se convierta en la enseñanza peor, si se predica por hombres de vida poco edificante, y se presenta como una capa que puede cubrir toda clase de licencias; y el arminianismo, por otra parte, con su amplitud en ofrecer la misericordia, puede causar un serio daño a las almas, si el tono ligero del predicador da lugar a que sus oyentes crean que pueden arrepentirse cuando les plazca, y que de consiguiente no hay urgencia en acatar desde luego las prescripciones del mensaje evangélico.

Además, cuando un predicador es pobre en gracia, cualquier bien duradero que pudiera ser el resultado de su ministerio, será por lo general débil, y no guardará ninguna proporción con lo que habría derecho de esperar. Una siembra abundante será seguida por una cosecha escasa; el interés producido por los talentos será en extremo pequeño. En dos o tres de las batallas perdidas en la última guerra americana, se dice que las derrotas se debieron a la mala clase de la pólvora ministrada por ciertos contratistas falsarios del ejército, pues eso fue causa de que no se obtuviera el efecto buscado por el cañoneo.

Lo mismo puede acontecernos a nosotros. Podemos no dar con nuestra mira, desviarnos del camino que intentamos seguir y desperdiciar nuestro tiempo, por no poseer verdadera fuerza vital dentro de nosotros mismos, o no poseerla en tal grado que conforme a ella pueda el Señor bendecirnos. Cuidaos de ser predicadores falsarios.


 

 

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