El Antiguo Testamento es un preludio indispensable a los comentarios acerca del Espíritu Santo. Los acontecimientos del Día de Pentecostés (Hechos 2) fueron el clímax de las promesas que siglos antes Dios había hecho acerca de la institución del nuevo pacto, que también inauguraría la era del Espíritu. Respecto a esto, hay dos pasajes que se destacan: Ezequiel 36:25–27 y Joel 2:28,29.