Hay por lo menos cinco pecados mencionados en la Biblia que pueden ser cometidos contra el EspÃritu Santo, y cometidos por los cristianos. Permitanme enumerarlos uno por uno, y quiera Dios que hable a vuestros corazones y os redarguya cuando los examinemos juntos.
El primero es la bien conocida orden de Efesios 4:30, a saber: «No contrastéis al EspÃritu Santo de Dios.» ¡Oh, con qué frecuencia le contristamos! ¡Cuántas veces El se ha sentido apenado!. No es que nosotros tuviéramos intención de causarle daño, ni que siempre comprendiéramos cuáles serÃan sus sentimientos, sino que aun asà le hemos contristado, y esto profundamente, una y otra vez.
¡Oh, qué avergonzados nos hemos sentido, en qué forma nos hemos despreciado! !Con qué frecuencia habrÃamos preferido perder el brazo derecho a fallar, y todo porque nunca le hemos reconocido como una persona, y le hemos permitido reinar en nuestros corazones, controlar nuestras vidas, librarnos de los muchos pecados de los cuales hemos procurado ser librados! Dios nos ayude a confesar nuestro fracaso lamentable y le pongamos en el lugar que le corresponde, y en adelante andemos en el EspÃritu, para que no satisfagamos las concupiscencias de la carne.
Cada manifestación de la carne contrasta al EspÃritu Santo; cada exhibición de la naturaleza camal le causa dolor. Todo el calor y la pasión, toda angustia y ansiedad, toda prisa impropia, toda precipitación innecesaria; los pecados de la envidia, los celos, y el orgullo; el odio, la ira y el mal genio; la ambición, la lujuria y la impureza; la murmuración, las crÃticas y las calumnias; el rencor y la falta de perdón; todo mal pensamiento e imaginación impura, todos estos pecados contestan al EspÃritu Santo.
Cada vez que hemos rehusado su guÃa e insistido en seguir nuestro propio camino; cada vez que hemos frustrado la voluntad de Dios; siempre que hemos perdido o usado indebidamente las oportunidades que nos da Dios; cuando nos hemos ido al mundo en busca de placeres y nos hemos mezclado con las diversiones de los hijos de Satanás en vez de unimos con el pueblo de Dios; y cuando hemos descuidado el hablar a otro sobre Cristo, o escrito una carta, o dado un tratado cuando él nos ha impulsado a hacerlo, todo esto ha contestado al EspÃritu Santo.
La palabra del Antiguo Testamento para «contristar» es «agraviar» (IsaÃas 63: 10). Y la raÃz de este agraviar es la rebelión. ¡Oh, con qué frecuencia hemos murmurado y nos hemos quejado de nuestra suerte, hasta que, como en el caso de los hijos de Israel, hemos agraviado al EspÃritu Santo de tal forma que El se ha visto obligado a llenar nuestras vidas de contratiempo y dificultades a fin de quebrantar nuestros corazones obstinados y rebeldes!. ¿No hemos sido culpables de este pecado? ¿No es verdad, amados, que el EspÃritu Santo nos ha reprobado con frecuencia hasta que al fin se ha sentido agraviado, y justamente?
Después de repetidos avisos y múltiples bendiciones, y después de luz y conocimiento abundante, el persistir en el mal, el no hacer caso de Él, es agraviar al EspÃritu Santo. La provocación es causada por la desobediencia. ¿Somos culpables? ¿Hemos desobedecido? ¿Son sólo culpables los hijos de Israel? Dios nos ayude a reconocer nuestro pecado y a arrepentimos a saco y a ceniza, porque nuestro juicio será terrible si no lo hacemos.
«No apaguéis el EspÃritu» (1!1 Tesalonicenses 5:19).
Cuando el EspÃritu es contristado, es apagado. Al principio de nuestra experiencia cristiana, siempre que hemos hecho algo malo, Él ha hablado en voz alta. Cuando primero vino a menor desviación el EspÃritu nos producÃa convicción de pecado.
Pero más adelante, al seguir sin hacer caso de Él, como en el caso de un despertador desatendido, cuya influencia se va haciendo cada vez menor, podÃamos hacer cosas que en un tiempo anterior nos habrÃan puesto en una terrible convicción de pecado, y ahora su voz apenas era oÃda. Nos ha reprendido tantas veces que nos hemos endurecido. Hemos apagado el EspÃritu con tanta frecuencia que ahora Él nos advierte en vano.
El pecado que antes nos llenaba de angustia y hacÃa saltar lágrimas, ahora podemos permitÃrnoslo sin el menor remordimiento. Él, el bendito Paracleto, ha sido apagado. ¡Oh EspÃritu de Dios, perdónanos y permÃtenos entronizarte otra vez!
Además, podemos mentir al EspÃritu Santo (Hechos 5:3). AnanÃas lo hizo y fue sentenciado a muerte. Porque cada engaño y exageración, cada impresión falsa que hagamos para perjudicar, y toda mentira a los hombres es una mentira al EspÃritu Santo.
SÃ, y también podemos tentarle (Hechos 5:9). AnanÃas y Safira lo hicieron, y perecieron, como consecuencia, de modo inmediato. Porque todos los tratos bajo mano son una abominación para el EspÃritu de Dios.
Y podemos resistirle, como cristianos lo mismo que como no salvos (Hechos 7:5 l). i Oh, qué cosa tan terrible es resistir al EspÃritu Santo! Sabemos que el pecador lo hace, pero el cristiano es también culpable. Cada vez que seguimos por nuestro propio camino y resistimos el camino claro del deber, cada vez que cerramos los oÃdos a su llamada y rehusamos tomar nuestra cruz, somos culpables del terrible pecado de resistir al EspÃritu Santo.
Ahora seamos sinceros delante de Dios. Porque si queremos llegar a algún punto espiritualmente, tenemos que admitir nuestras deficiencias y apartamos de nuestra maldad.
Aquà hay no menos de cinco pecados contra el EspÃritu Santo. ¿De cuál de ellos hemos sido culpables? Quizá de todos. Dios lo sabe, y nosotros no podemos engañarle. ¿Hemos contristado al EspÃritu, le hemos apagado, le hemos mentido, le hemos resistido o tentado?
Es mejor mil veces que confesemos nuestra culpa ahora y seamos lavados en la preciosa sangre, que ir al juicio del trono de Cristo, donde la cosa será manifestada. Mejor, con mucho, que seamos nosotros mismos los jueces que ser juzgados por Él.
¡Oh querido!, El, la Paloma del Cielo, ha sido herida. Con todo, su amor -porque el EspÃritu nos ama- no ha cambiado. ¡Cuánto anhela tomar posesión y reinar! Como ves, Él es una persona, porque sólo una persona puede ser contristada, agraviada, tentada y contrariada. Y tú tienes que reconocerle como tal. Abre, pues, tu corazón y déjale que reine en él, porque tú eres su templo. Sólo Él puede derrotar a tus enemigos y permitirte amarle como debes.
Oswald J. Smith
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