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El Cielo
Autor Pastor Juan Carlos Hoy
 

Apocalipsis 21:1-4
Iglesia Cristiana San Mateo Ixtacalco Estado de México

Apocalipsis 21:1-4 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. 2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.

3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Cuando leemos la descripción que Juan nos narra del cielo que vio, nuestro corazón se llena de gozo y esperanza, ya que nos describe cielo nuevo y tierra nueva, en dónde Dios estará morando con nosotros, su presencia su amor será más palpable.

Estos cielos contaminados y está tierra enferma pronto desaparecerán, ya no habrá de que preocuparnos por los secuestradores, asesinos, violadores, terroristas, ni por enfermedades, ni por injusticias, mucho menos por el dolor o sufrimiento, ya que dice la Escritura que en esos nuevos cielos ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

¿Cuántos de nosotros anhelamos esos momentos? Momentos de estar para siempre con el Señor.

El cielo según lo describe la Escritura es algo inimaginable, nuestra mente finita no alcanza a comprender lo que Juan nos describe, de manera que tenemos que conformarnos con atisbo de imaginación.

Ese cielo, esa tierra y ese lugar para nosotros ya están dispuestos.

Pero ¿Cómo le hacemos para entrar a esos cielos nuevos y tierra nueva?

Cientos de miles de religiones tienen diferentes posiciones doctrinales para la vida eterna; unos creen que van a estar aquí por toda la eternidad, esos son los que creen en la reencarnación, otros dicen que esos nuevos cielos no existen., esos son los ateos, otros si creen en esos nuevos cielos, pero la entrada a ellos la describen tan difícil que muchos se desalientan.

Cientos de maneras dicen que hay para entrar al cielo:

Once mil maneras de llegar al cielo hno. Pablo

«Tengo que ir al cielo, y ya sé como ir» dijo Raput Jungimere, de sesenta años, un anacoreta de la India. Y tendió en el suelo una cama de tres metros de largo por uno de ancho llena de clavos. Y sobre esa cama de clavos se acostó a dormir. Para él, esa era su manera de ir al cielo. Pero a los seis meses desistió de su propósito. Se había llenado de tantas pulgas que las picadas de los insectos eran un tormento mayor que el de los clavos.

En este mundo hay muchas maneras propuestas de ir al cielo. A lo largo de seis mil años de historia civilizada, el hombre ha ensayado no menos de once mil maneras diferentes de llegar al cielo y alcanzar la gloria. Son esas las tantas religiones que se disputan, con buenas y con malas artes, la devoción de los interesados.

Hay quienes piensan que el sacrificio corporal lo prepara a uno para irse al cielo. Son los que se encierran en celdas de monasterio, ayunan días enteros, o se flagelan con látigos de acero, o se sajan la carne hasta hacer que corra la sangre, o se acuestan en camas de clavos como Raput Jungimere. Son los que renuncian a todos los bienes y los placeres del mundo, y niegan a su alma todo lo que es bueno y placentero y sano, buscando aligerarla de todo peso mundanal. Son los que escogen una carrera religiosa, y hacen votos de castidad, de pobreza y de obediencia, y se rasuran la cabeza y salen a mendigar por las calles.

Pero nada de eso lleva a nadie al cielo. Ni camas de clavos, ni votos de pobreza, ni sacrificios personales, ni millones de dólares, ni bañarse en el Ganges, (río más importante del subcontinente indio, es el lugar más sagrado de los hindúes) ni peregrinar a La Meca, ni colgarse una medallita, ni pagar una indulgencia, ni siquiera tratar de ser lo más bueno que se pueda.

Se llega al cielo mediante el don de la gracia salvadora de Cristo por su sacrificio en la cruz del Calvario. Se llega al cielo mediante un sometimiento puro y sincero a la soberanía de Jesucristo, el Hijo de Dios. Se llega al cielo mediante un arrepentimiento verdadero.

Dios nos tiene preparado un hogar allá en el cielo, y espera que sigamos sus instrucciones para poder ocuparlo.

Mientras llega ese momento, nos conviene obedecer lo que dice la Escritura.

Asomémonos un poco a lo que nos espera en esos cielos, y quienes y como estarán en ese lugar.

Este mundo ya es insufrible, ya no hay absolutamente nada de seguridad, hay miedos al secuestro, al robo, al asesinato, hay demasiada pobreza, desempleo, falta de oportunidades, carestía.

Todo pareciera indicar estamos viviendo en una “jungla” moderna, en donde no tenemos que cuidarnos tanto de los depredadores que por lo general hay en esos lugares, como lo son el tigre, el puma, el león y demás animales salvajes y carnívoros, si no del hombre mismo, que ha dejado todo asomo de bondad, para convertirse en un depredador cruel e insaciable. Si a eso le agregamos los desastres naturales, el calentamiento global de la tierra, el deshielo de la antártica y los cambios climáticos tan raros y extremosos, y nuestra propia naturaleza tan insensible, que uno pide a gritos ayuda, ayuda para salir de este planeta y de nuestras situaciones emocionales a veces tan conflictivas.

Es por ello que nos llena de alegría y esperanza, el saber que pronto todo esto pasará, para disfrutar de esos nuevos cielos.

Hablar del cielo no es tan sencillo, sin embargo, con lo que alcanzamos a vislumbrar en la Biblia, es motivo para redoblar esfuerzos.

366-504

Las palabras de Cristo al malhechor en la cruz nos intrigan, Jesús le dijo: “De cierto te digo que hoy estrás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43)

La Biblia sabemos que fue escrita en hebreo, griego y arameo, pero la palabra que aquí se traduce por “paraíso” se cree que es de origen persa, y que se refiere a un huerto, un lugar de belleza, frutos y alegría…

Esta palabra se usa tres veces en el Nuevo Testamento en 2da. Corintios 12:2-4 Pablo nos dice: Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. 3 Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), 4 que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.

Nos dice que fue arrebatado hasta el tercer cielo, esto es al paraíso.

Los judíos del primer siglo creían en tres cielos:

El primero: donde vuelan las aves y flotan las nubes.

El segundo: es donde están el sol, la luna y las estrellas.

El tercer cielo: es en donde está Dios.

El primer cielo lo vemos de día.

El segundo por la noche.

El tercero lo vemos por medio de la fe.

El segundo uso de la palabra “paraíso” se encuentra en Apocalipsis 2:7 allí se nos dice que Cristo nos dará de comer del árbol de la vida: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”.

Y el tercer uso lo hallamos en las palabras de Cristo en la cruz.

Este versículo nos contesta la pregunta de: ¿Cómo es el cielo?

Es un lugar parecido a un huerto, un lugar de belleza, de abundancia, de paz, el lugar en donde está nuestro Dios.

Al mirar la descripción bíblica se antoja estar en el cielo, pero no nos vaya a suceder como a aquel pastor:

489-504

Un pastor que predicaba sobre el cielo hizo está singular invitación:

“Todos aquellos que quieran ir al cielo, por favor que se pongan de pie”

Todos en la iglesia se pararon, excepto un hombre que estaba sentado en una de las primeras sillas.

Al ver esto el pastor, le preguntó: oiga hermano ¿usted no quiere ir al cielo?

¡Claro que sí! ¡Indudablemente que sí! Respondió el hermano.

Si es así, ¿por qué no se pone de pie como todos los demás?

¡Oh! Perdóneme usted pastor, no me puse de pie porque pensé que estaba preparando un grupo para enviarlos esta noche, y como está noche juega mi equipo favorito, pues me quiero quedar para verlo.

Mire, la mayoría de las personas quieren ir al cielo, pero parece que no tienen prisa para tomar el primer vuelo que salga.

Para ir al cielo necesitamos ser ciudadanos de allí. Filipenses 3:20 Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

Esto nos hace saber, que al cielo no se puede entrar si no se es ciudadano por nacimiento.

Si nosotros que somos originarios de México, queremos entrar por ejemplo, a los Estados Unidos de Norte América, no podemos entrar si no llevamos pasaporte y la visa.

Pero si somos originarios de ahí, ya sea por nacimiento o naturalización, no tendremos ningún problema para entrar, porque se es considerado ciudadano americano.

Para entrar al cielo tenemos que ser ciudadanos por nacimiento.

Lo único que nos da seguridad de estar en los cielos, es habernos arrepentido de nuestra pasada manera de vivir, pidiendo que Jesús viniera a nuestras vidas, para poder así nacer de nuevo: Juan 3:3-5 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

Cuan importante es el bautismo en agua.

Cuando abrazamos el cristianismo, perdemos toda nacionalidad mundana y se nos concede una ciudadanía celestial.

Al llegar se nos pedirá que mostremos nuestro pasaporte y visa debidamente sellados, ese pasaporte y visa es nuestro corazón; el cual debe ir sellado con la sangre del cordero, y al así tenerlo, nos da libre acceso a la patria celestial.

Es la confianza que tenemos, según nos dice la Escritura.

Una persona muy enferma pidió a su enfermera que cuando muriese le pusiesen una Biblia en la mano.

¿Para qué quieres la Biblia? Preguntó la enfermera

Porque en ella, replicó está mujer, hay las preciosas promesas de Cristo Jesús ofreciendo vida eterna a los que creen en él. De este modo, si alguien pretendiese impedirme la entrada al cielo le mostraría en la misma Biblia el lugar donde Jesús lo dice.

¿Por qué tenemos que dejar este planeta? Porque va a estallar tarde o temprano: 2da Pedro 3:7-12 pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. 8 Más, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. 9 El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. 10 Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. 11 Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, 12 esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!

Este mundo enfermo está agonizando, le queda muy poco tiempo de vida.

Gracias a Dios que toda la humanidad tiene esperanzas, de no ser destruida junto con este planeta, siempre y cuando anden por el camino que nos lleva con Dios: Isaías 45:22 Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.

Aunque este mundo explote, nosotros tenemos esperanza: 2da. Pedro 3:13-14 Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. 14 Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz.

No hay ningún otro camino o vía para llegar al cielo, si no a través del que nos a provisto el Señor, Jesucristo.

No es mi religión, no es mi caridad, no es mi bondad, la que me lleva al cielo, hay personas que piensan que por ser muy buenas se ganan el cielo o creen que a base de mortificar su cuerpo se ganan la gloria, pero también se conoce a personas muy malas que se llega a creer que ellas jamás irán al cielo.

¿Quién entrará al cielo?

Bienvenido al cielo rey

Me sentí admirado, confundido y perplejo
al entrar por la puerta del cielo,
no por lo esplendoroso del ambiente,
ni por las luces ni por todo lo bello.

Algunos a quienes vi en el cielo
me dejaron sin habla, y quedé sin aliento:
ladrones, mentirosos y alcohólicos...
¡como si aquello fuera un basurero!

Estaba allí el niño que en séptimo grado
que por lo menos dos veces me robó el almuerzo.
Junto a él se encontraba mi viejo vecino
que nunca dijo nada amable ni sincero.

Muy cómodo, sentado en una nube,
vi a uno que imaginaba ardiendo en el infierno.
Y pregunté a Cristo: « ¿Qué está ocurriendo aquí?
Quisiera que ahora me explicaras esto.

» ¿Cómo han llegado aquí esos pecadores?
Creo que Dios debe de haberse equivocado.
Y ¿por qué están boquiabiertos y callados?
Explícame este enigma. ¡No comprendo!»

«Hijo mío, te contaré el secreto.
Todos ellos están asombrados.
¡Nunca ninguno se hubo imaginado
que tú también estarías en el cielo!» 1

Este poema acerca de «La gente en el cielo», escrito por Taylor Ludwig y traducido del inglés por el poeta Luis Bernal Lumpuy, nos hace reflexionar sobre los requisitos para entrar en el cielo.

Moraleja: muchos se sorprenderán al descubrir que a otras personas, presuntamente menos buenas que ellos, Dios les haya dado entrada en el cielo. ¿Acaso merecen pasar la eternidad en tal lugar? ¡Es el colmo que Dios les dé la bienvenida!

Lo cierto es que no hay ninguno de nosotros, ni uno solo, que merezca semejante destino. 2 No hay nada que nadie en el mundo pueda hacer para merecer o ganarse la entrada en el cielo, porque ya todo lo hizo Jesucristo.

Cualquiera que piense que su buena conducta, sus buenas obras o sus penitencias sean la moneda con que se compra el boleto de entrada no sólo se engaña a sí mismo sino que ofende a Dios.

Porque esa actitud de autosuficiencia es lo mismo que decirle a Cristo: «Tu muerte en la cruz por mis pecados no bastó para salvarme. Ese sacrificio supremo que hiciste por mí fue en vano. Es necesario que yo mismo, por mis propios méritos, haga algo para ganarme la entrada.»

La única llave que abre la puerta del cielo es la llave de la misericordia, del gran amor y de la gracia de Jesucristo, el Hijo de Dios, y sólo podemos valernos de ella por la fe.

El apóstol Pablo nos lo explica así:

... Efesios 2:8-9 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.

1 J. Taylor Ludwig, «Folks in Heaven» (La gente en el cielo) En línea 4 abril 2005 , Traducción del inglés de Luis Bernal Lumpuy, 2005.

Un hermano llamado David que vivía y trabajaba en la India, entabló amistad con un anciano buscador de perlas que se llamaba Barú.

David constantemente le hablaba del amor de Dios.

Barú, lo escuchaba de buena gana, pero cuando David lo animaba a aceptar a Cristo como Salvador, el anciano negaba con la cabeza y replicaba: -¡Me parece demasiado fácil tu método cristiano de ir al Cielo! No puedo aceptarlo.

Si me admitieran en el Cielo de esa manera, me sentiría como un pordiosero al que le permitieron entrar por lástima.

Será que soy orgulloso, pero quiero ganarme mi sitio en el Cielo. Quiero merecerlo con mi esfuerzo.

Por mucho que le explicaba David, no conseguía disuadir a Barú de la decisión que había tomado.

Transcurrieron algunos años, y una noche, David oyó que alguien tocaba a su puerta. Era Barú.

Entra, amigo-dijo David. No -contestó el buscador de perlas, me urge que vayas a mi casa en este mismo instante.

Mientras se acercaban a la cabaña, Barú le dijo a David:

¿Sabes? En una semana empezaré a ganarme mi puesto en el Cielo. ¡Iré de rodillas a Delhi!

¿Te has vuelto loco? -exclamó David-. Son casi mil quinientos kilómetros. Te vas a herir en las rodillas con la fricción y te dará septicemia antes de llegar, ¡si es que llegas!

-No importa, tengo que ir a Delhi -aseveró Barú-, ¡y los inmortales me lo recompensarán! El sufrimiento será grato, ¡pues con él me compraré un lugar en el Cielo!

-Barú, amigo mío, no puedo permitirte que hagas eso. Mira, Jesucristo ya sufrió y murió para comprarte un lugar en el Cielo.

Pero, el anciano no le hacía caso.

Al llegar a su casa, Barú salió de la sala y regresó poco después con una pequeña caja de caudales.-Tengo esta caja desde hace años -precisó-; solo guardo una cosa en ella.

Te voy a hablar de ella, amigo. Yo tenía un hijo varón.

¡Un hijo! Barú... ¡nunca me hablaste de él!

-No. Es que no podía -al decir aquello, se le llenaron de lágrimas los ojos al pescador.

Ahora debo decírtelo, porque pronto me marcharé, y quién sabe si volveré algún día. Mi hijo también era buzo, el mejor pescador de perlas de las costas de la India.

Era también el más rápido, el que tenía la vista más aguda y los brazos más fuertes, y el que era capaz de contener el aliento por más tiempo que nadie mientras buscaba perlas. ¡No sabes las alegrías que me daba!

Como sabes, prosiguió Barú; casi toda perla tiene algún defecto o imperfección que solo un experto puede notar. Mi muchacho siempre soñó con encontrar la perla perfecta, la más fina de todas.

¡Y un día la encontró!

Pero para sacarla del mar pasó demasiado tiempo bajo el agua.

Al poco rato murió. Esa perla le costó la vida.

El anciano pescador de perlas agachó la cabeza. Por unos instantes se le estremeció todo el cuerpo.

Aun con lágrimas en los ojos, dijo: Todos estos años he guardado esta perla. Ahora que me voy quizás no vuelva, te la regalo a ti, que eres mi mejor amigo. Era una de las perlas más grandes que se habían hallado en las costas de la India.

Por un momento, David contempló la joya con asombro, sin poder articular palabra. Luego exclamó: ¡Barú! ¡Esta perla es fabulosa!

Esta perla, amigo mío, es perfecta-precisó el hindú con voz queda.

Ideando como llevar a su amigo a los pies de Cristo, David dijo:

Barú, esta perla es estupenda; ¡es asombrosa! Permíteme que te la compre.

Te daría diez mil dólares por ella.

-¿Qué dices? No te entiendo -repuso Barú.

Bueno, te daré quince mil dólares por ella; y si hiciera falta, trabajaré aún más para pagártela.

Barú se puso tenso, y molesto añadió:

Mira David, debes saber que en el mercado, un millón de dólares no serían suficientes para comprarla. No te la vendo. Solo será tuya si la aceptas como un regalo.

-David con una actitud de bien simulado orgullo dijo: No, Barú. No puedo aceptar. Aunque me muero por tener esta perla, no puedo aceptarla en esas condiciones. Será que soy orgulloso, pero sería demasiado fácil.

Tengo que pagarla o ganármela con mi esfuerzo.

Ante estas palabras de su amigo, el anciano ya no estaba molesto, estaba furioso y dijo: Pero, ¿es qué no lo entiendes?

¿No te das cuenta? Mi único hijo dio la vida para conseguir esta perla; no la vendería a ningún precio.

Su valor es la vida de mi hijo; no puedo vendértela. Solo puedo regalártela. Acéptala en señal de mi afecto.

Ahogado por la emoción, David no logró pronunciar palabra por unos instantes.

Luego, tomando con firmeza la mano del anciano, le dijo con voz queda:
-Barú... ¿no lo comprendes? Con mi actitud y palabras acabo de decirte lo mismo que tú le has dicho siempre a Dios.

El anciano miró inquisitivamente a David. Y poco a poco, empezó a entender.

Dios te ofrece la salvación como un regalo -añadió David-. Su valor es incalculable. Nadie en la Tierra podría pagar lo que vale.

Millones de dólares no serían nada. No hay hombre en este mundo que pueda ganarse la salvación. Quien se esforzara toda la vida por merecerla se quedaría corto, ni viviendo millones de años la pagaría.

Nadie es tan bueno como para merecerla. A Dios le costó la vida de Su único Hijo obtener tu entrada al Cielo. Aunque tú hicieras cien peregrinajes, no podrías pagar esa entrada.

Todo lo que puedes hacer es aceptarla como una muestra del amor de Dios por ti, que eres pecador.

Barú -añadió David-, claro que acepto la perla con gran humildad, porque se que me amas, que me aprecias.

Ahora que has comprendido ¿No quieres aceptar el mejor regalo que Dios te ofrece, el Cielo, con gran humildad, sabiendo que ese regalo le costó la vida de Su Hijo?

Las lágrimas rodaban por las mejillas del ancianito. Había empezado a levantarse el velo que le obstruía el entendimiento.

Ahora lo entiendo -dijo-. No podía creer que la salvación fuera gratuita.

Algunas cosas son tan valiosas que no se pueden comprar ni merecer, como la perla de mi hijo, Amigo mío, ¡acepto la salvación que me brinda Dios, a través de Jesucristo!

Efesios 2:8-9 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras, para que nadie se gloríe.

Ninguna obra por muy notable que está sea, puede hacer a un lado el sacrificio de Jesús.

A través de Cristo tenemos acceso a esos cielos preciosos, pero mientras no lleguemos, tenemos que transitar por este mundo.

44- vida

Es probable que Dios no nos de un viaje fácil a esos cielos, pero si un viaje seguro,

¿Qué quiero decir con esto? Que aquí la vida no es nada sencilla, Jesús mismo nos lo dice: Juan 16:33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Recordemos no estamos exentos del dolor:

44-vida

Un pastor y un hermano en Cristo, viajaban en avión.

Durante el vuelo, el pastor sabedor que no está uno exento de la adversidad; le dijo al hermano:

Hermano, si este avión se viene abajo, tenemos la esperanza de que tú y yo nos vayamos para arriba.

Es posible que nuestro peregrinar por esta tierra no sea fácil:

344-504

Una hermana en Cristo, siempre se veía gozosa y radiante aunque estaba confinada a su habitación por causa de una enfermedad muy penosa.

Ella vivía en un ático (última habitación de la parte de arriba)

Una amiga fue a visitarla y llevó consigo a otra mujer bastante adinerada.

Como no había ascensor las dos mujeres empezaron a subir a pie.

Cuando llegaron al segundo piso, la mujer adinerada comentó:

¡Qué lugar tan oscuro y sucio!

La otra contestó: Más arriba es mucho mejor.

Sin embargo, cuando llegaron al tercer piso, la mujer rica exclamó:

¡Esto parece aun peor!

La contestación de nueva cuenta fue: ¡más arriba es mejor!

Por fin llegaron las dos mujeres al ático, encontrando a la hermana recluida en cama, su sonrisa irradiaba el gozo que llenaba su corazón.

Aunque el ático se veía limpio y había flores en la ventana, la señora adinerada no parecía poder superar el desolado lugar en el que vivía aquella mujer, y sin miramientos comentó:

¡Tiene que ser muy difícil para usted el tener que vivir en esta pocilga!

Sin dudarlo ni un momento la ancianita con firmeza replicó: es mucho mejor allá arriba.

Tenía razón, ella no estaba mirando las cosas temporales, tenía puestos sus ojos en el cielo.

En este mundo es difícil, pero, recordemos ¡Nada más estamos de paso! Únicamente pasamos por nuestro boleto para ir a la eternidad.

37-501

Después de predicar en un breve culto fúnebre en un cementerio, el pastor se dirigía hacia la puerta de salida, cuando corriendo le alcanzó una hermosa niña de 11 años, saltando sobre lápidas y pequeñas plantas. Al encontrarse con el pastor y entablar conversación con él, éste le dijo:

Pero, hija, ¿qué no te asusta el venir corriendo sobre tantas tumbas? ¿No te da miedo el saber que te abres paso por sobre los sepulcros de tantos muertos?

Ella respondió:

¡¿Asustarme yo?! ¿Ve aquella casa blanca al otro lado de la calle del cementerio?
Si – dijo el pastor.

Pues esa es mi casa; yo sólo voy aquí en viaje a mi hogar.

¿Por qué hemos de asustarnos nosotros los cristianos por las cosas terribles de esta vida? Nosotros vamos solamente pasando, pues nuestro viaje es hacia nuestro hogar celestial, al otro lado de la muerte.

Hebreos11:13-16 Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. 14 Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; 15 pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. 16 Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. De igual manera, en está tierra solo somos peregrinos y extranjeros y esperamos esa patria celestial, que es hermosa y que tal vez no nos alcancen las palabras para describirla:

36-501

Se cuenta la historia de una pequeña niña, ciega de nacimiento. Su madre le había contado con frecuencia de las hermosuras del mundo. Un día un especialista realizó una operación muy delicada en sus ojos. Llegó el día cuando las vendas le fueron quitadas.

La enfermera movió la cama del hospital hacia la ventana y afuera había un bello jardín de rosas en plena florescencia. Lenta y suavemente el doctor quitó las vendas. La operación fue todo un éxito. Ahora, por primera vez, la pequeña podía ver. Llena de excitación la niña se volvió a su madre y le dijo:

- Mamá, ¿por qué no me dijiste que era tan lindo?

Su madre le respondió:

- Querida, yo traté, pero sencillamente no podía.

Cuando veamos el cielo por primera vez yo creo que algo semejante ocurrirá. Les preguntaremos a los escritores de la Biblia: “¿por qué no nos dijeron que era tan hermoso?” Ellos responderán: “Tratamos, pero sencillamente no pudimos.

La realidad era superior a nuestras palabras”.

¿Recuerda las palabras del apóstol Pablo? 2da. Corintios 12: 3-4 Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), 4 que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.

Si lo que oyó no lo pudo explicar, menos lo que vio.

Nuestra imaginación se queda corta en lo que es en realidad el cielo, pero no dudamos que será hermoso: como lo refiere Apocalipsis 21:1-8 y Apocalipsis 7:16-17 en donde se nos dice que: 7:16-17 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; 17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.

Esos cielos Dios los ha preparado para nosotros, Jesús lo dijo antes de marcharse: Juan14:1-3 No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. 2 En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. 3 Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Está es la esperanza que tenemos los cristianos, ya sea por muerte o por la venida del Señor, que tarde o temprano estaremos en esos cielos nuevos.

Pero mientras estemos en este mundo, pudiéramos padecer todo tipo de adversidades y aflicciones incluyendo la muerte.

Pero cuando llegue ese día, al mirar todas las promesas podemos decir, lo que dijo Pablo: Filipense 1:21 Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

¿Qué vería el apóstol Pablo, que anhelaba estar en los cielos?

Es probable que nadie quisiéramos morir, pero la Escritura es contundente al decirnos lo siguiente: Hebreos 9:27 Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,

1407- vol. II

Debemos estar consientes que el día de la mudanza puede estar próximo,

No sabemos exactamente cuando se detendrá ante nuestra puerta el camión de mudanza, pero una cosa es cierta para todos, que todos moriremos si es que el Señor no viene antes.

Y, al ir acercándose aquel día, nos daremos cuenta de la necesidad de dejar nuestra habitación actual y ocupar la nueva casa.

Esta no va a ser hecha por manos humanas, está será eterna en los cielos.

El dueño de la casa que hemos estado ocupando aquí en la tierra nos dará la noticia:

A lo mejor por medio de achaques, diciéndonos que debemos mudarnos pronto, pues ya los cimientos se estarán hundiendo, y el sistema de calefacción estará fallando y las ventanas se estarán oscureciendo. Cada deterioro de nuestro cuerpo es un aviso de que la mudanza se aproxima.

Es más desde que nacimos se puso en marcha, a lo mejor aun está lejos o a la mitad el camino, o tal vez ya este cerca de la esquina de donde vivimos.

Pero gracias a Dios que en este día hemos estado consultando los planos de nuestra futura residencia y ¡no hay comparación! Y cuando más estudiamos la Palabra del Señor, tanto más nos abruman y sorprenden las ventajas que tendremos en aquel nuevo hogar:

¡Creo que todos anhelamos el nuevo hogar! En donde esté cuerpo enfermo y corruptible, deje de dar lata al vestirse de incorrupción.

Porque en cierto modo está vieja casa arruinada, está perdiendo su atractivo.

Pero, pero mientras no llegue la mudanza ¡tenemos mucho trabajo! ¡Compartir A Cristo! ¡Que las personas conozcan del Señor! Para que cuando a su vida llegue la mudanza; está, pueda llevarles al cielo y no al infierno.

Hay que compartirle a las personas a Cristo, y mostrarles esos nuevos cielos, aunque no sepamos describir como son en realidad.

45-vida

Y es que un hombre puede ir al cielo sin salud, sin brazos, sin piernas, sin vista…

Sin riqueza, sin fama, sin cultura, sin instrucción, sin grandes ingresos, sin hermosura, sin amigos…

Sin un millón de cosas más…

Pero, ¡jamás podrá ir al cielo sin Cristo!

(Habrá alguien que quiera recibir al Señor)

Si usted en este mundo está sufriendo aflicciones, injusticias, pruebas, rechazo, desamor: ¡Tenga Ánimo recuerde que estamos de paso!

310-502

Se dice que cuando el presidente Teodoro Roosevelt se disponía a abordar en un puerto africano el barco que le llevaría de vuelta a casa, una gran multitud se congregó para celebrar su visita y despedirle…

Una alfombra roja fue tendida por donde el debía pasar.

A bordo le fue dado el camarote más elegante, el fue el centro de atención durante todo el viaje.

Al mismo tiempo en esa misma embarcación había otro hombre, quien resulto ser un ancianito misionero, que había dado su vida a Dios, sirviendo en África, lugar en el cual habían fallecido su esposa y sus hijos de una penosa enfermedad.

De tal manera que el hombre se sentía terriblemente solo, y para colmo nadie se apercibía de él.

Al llegar el barco a San Francisco, el presidente de nuevo fue agasajado.

Las trompetas y las fanfarrias se escuchaban y la multitud homenajeaba al tiempo que el presidente Roosevelt desembarcaba con grandes honores.

Sin embargo, allí no había nadie esperando al ancianito misionero.

Este fue a su habitación en un pequeño cuartucho, y se arrodilló a los pies de la cama y oró:

“Señor, Dios mío, no me quejo, pero no lo entiendo… di mi vida por ti en África, pase hambres, angustias, aflicciones, enfermedades, murió mi esposa y mis hijos en ese lugar y parece que a nadie le importa… ¡Realmente no lo puedo entender!

En aquel mismo momento, le pareció que el Señor bajaba su mano desde el cielo y la ponía en su hombro y le decía:

Mi amado, mi buen siervo fiel… ¡Todavía no has llegado a casa!

Hermanos ¡Ánimo, solo estamos de paso, todavía no llegamos a casa! Ya en casa el Señor enjugará toda lágrima de nuestros ojos y escucharemos esas hermosas palabras de Mateo 25:34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.

 

 

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